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En México, la idea orgánica es relativamente
nueva y poco conocida. Sin embargo, en 2002, se registraron
17 millones de hectáreas dedicadas a la producción
orgánica en el mundo, un mercado de alrededor de 25
mil millones de dólares y más de 100 países
participando. Se estima que el mercado crecerá hasta
alcanzar 100 mil millones de dólares en 2010.

La producción mundial crece a un ritmo promedio de
25% anual, 10 veces más que la agricultura convencional,
y aún así, la demanda no puede satisfacerse.
Gran parte de esta explosiva tendencia global se debe a una
toma de conciencia por parte de los consumidores. Preocupados
por su salud, por el sabor, por el medio ambiente, por el
bienestar animal o por la sustentabilidad de la economía
agrícola, una nueva generación de consumidores
conscientes cuestiona los argumentos de la producción
basada en criterios industriales y se concentra en la calidad
y no en la cantidad.
En Europa, la cuna del movimiento, los países de la
UE han apoyado fuertemente la conversión orgánica
del continente, demostrando que hay alternativas de abasto
alimentario que no sacrifican la calidad por la cantidad,
que es posible estructurar redes de abasto menos masivas,
fundamentadas en productores de escala media y pequeña,
que no es imprescindible recurrir a los organismos genéticamente
transformados (OGTs o transgénicos) y a la agricultura
industrial para asegurar la subsistencia, argumento que a
fuerza de oír comenzábamos a aceptar. La tendencia
alimentaria en estos países, de mayor desarrollo relativo,
prueba lo contrario. No se trata de una moda, sino de una
dinámica consistente que se ha ido construyendo a lo
largo de varias décadas.
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